martes, 18 de noviembre de 2014

Rolspectiva I

Hoy cumplo 36 años. 24 de ellos los he pasado jugando a rol, salvo un breve periodo en el que no toqué libro o dado alguno, salvo una partida esporádica a Stormbringer en la que mi personaje murió arrollado por un caballo.
Desde que empecé a jugar a rol, cuando a los 11 años conocí a un grupo de gente que jugaba a MERP, ha pasado mucho tiempo y me apetece hacer una retrospectiva. No será como la de otros compañeros blogueros, pero es un ejercicio que me apetece hacer, algo que me debo desde hace mucho tiempo. Siempre he pensado que uno es la consecuencia de todos sus actos, y que no cambiaría nada de lo que me ha ocurrido pues puede que perdiera algo de lo que tengo ahora. Mi mujer dice que eso da igual, que no tendría lo que tengo ahora y no lo podría echar en falta. Luego nos enredamos en una conversación filosófica sobre viajes en el tiempo, corrientes temporales paralelas y futuros posibles. Pero nada me hace cambiar de opinión. Además, el que siga el blog más o menos con asiduidad reconocerá que soy un nostálgico que sigue recordando las sesiones de Rolemaster con el mismo calor con el que las vivió. ¡Ay Rolemaster, cuánto te debo y que mal te lo he pagado!
He condensado todo en tres entradas que irán publicándose cada día 18 desde hoy hasta enero, fecha en la que además el blog cumplirá tres años.

1990 – 1996. 2d10 para comerse el mundo
Todo final tiene un principio
Como he dicho, fue en 1990 cuando entré en contacto con el rol. Mi currículo hasta esa fecha se componía los libros de Aventura Sin Fin,  Elige tu propia aventura y el Heroquest. Eso del rol lo conocía de pasada, y ni siquiera sabía lo que era. Un compañero de clase me dejó ver su D&D en clase de mecanografía y me quedé perplejo. No entendía nada. No supe ver lo que era ese libro que me mostraba dibujos molones pero un texto que no sabía por dónde pillarlo. Se lo devolví y seguí a lo mío.
Bueno, pues ahí estaba yo, con 11 años para cumplir 12, dentro de un grupo nuevo de gente (con lo que me costaba a mí hacer amigos) entrando en un nuevo mundo lúdico que ignoraba lo mucho que me iba a marcar. Me explicaron de qué iba el juego y qué había que hacer. El DJ, que creo que por aquel entonces era Óscar, nos contaba una historia y nosotros teníamos que decir y hacer lo que quisiéramos dentro de las reglas del juego. Mi primer personaje fue un Elfo Silvano explorador. He de reconocer que la primera partida me pareció un soberano coñazo. No sabía qué hacer ni cómo cojones iba la ficha. Números, casillas, Bonificación Defensiva, Esencia, Canalización, ¡Crítico E!, ¡Pifia!... Poco volvimos a tocar el juego hasta el invierno.
Para ponernos en situación, prácticamente me crié en un camping de la sierra madrileña. Allí estuve desde los 8 años hasta los 20. Allí conocí el rol, el alcohol, las mujeres, el tabaco, lo que se mezcla por el tabaco, y muchas, muchas cosas que me guardo para mí pues este es un blog de rol y esta una historia sobre mi rol. En verano el camping estaba lleno, pero en invierno íbamos muy pocos. En esos fines de semana, en los que el frío reinaba entre la niebla y los árboles sin hojas, volvimos a jugar a rol, y esta vez las partidas molaron. Quizás fuera porque éramos pocos jugadores (el grupo normal era de siete tunantes y en invierno rara vez llegábamos a ser cinco) o porque un DJ era mejor que otro, o porque en vez de llevar un puto explorador esta vez llevaba un guerrero noldor, pero el caso es que me gustó la experiencia.
En ese ambiente tan cerrado como era el camping poco sabíamos de otros juegos de rol, y tampoco
Algunos comienzos no son fáciles
nos interesaba. El libro básico del MERP nos daba todo lo que necesitábamos para jugar. Quizás ahora eso es impensable, pero en esa época era algo normal. E incluso algunos veíamos raro comprarse suplementos. Fue en esta época donde comencé a frecuentar Alfil, en la calle Fundadores. Allí me compré mis primeros dados para jugar al MERP: 2d10 de purpurina azul y verde. El azul marcaba las decenas y el verde las unidades que aún conservo. El propio roce con las tiendas hizo que ampliásemos nuestro catálogo rolero. Aunque la mayoría del grupo vivía en Madrid, otros eran de las afueras, de Alcalá de Henares concretamente. Conocimos La Llamada de Cthulhu gracias a Javi, y eso fue amor a primera vista. Aquelarre vino de mano de la mano de Fernando, al igual que Warhammer 40000: Rogue Trader, Shadowrun y Rolemaster. Por mi parte aporté Pendragón, sin mucho éxito por varias razones (una de ellas ya la explico en el Desafío de los 30 días, y otra es que yo prefería jugar a dirigir). Ars Mágica también pasó por el grupo, pero ni siquiera llegamos a hacer las fichas de personaje.
Y así, jugando a MERP durante el frío y a otros juegos para cubrir el hueco en verano (sobre todo porque la gente se iba a la playa y hasta finales de la última quincena de agosto no solíamos volver a estar todos juntos) fui pasando mi vida rolera. Por mi parte, odiaba ir de vacaciones a la playa. Movernos de un camping para ir a otro, volver a hacer amigos (como lo odiaba, cojones), y separarme quince días de la única afición que realmente me gustaba y que me hacía sentirme bien no era lo que yo entendía por vaciones. Escribir el historial de un personaje (en mi grupo era obligatorio tener un historial, aunque fuera medio folio), hacer la ficha, buscar una miniatura para representarlo (siempre de Mithril, por supuesto), pintarla… No me sentía bien alejado de todo eso. Creo que esa es una de las razones por las que hoy por hoy no piso la playa salvo condiciones extremas de pura necesidad. Al menos los últimos años que pasé en la playa llevaba mis libros de Aventuras en la Tierra Media y jugaba a rol con los chicos del camping en el que estábamos, en Oropesa, pues eran amigos de otro del grupo del camping de Madrid que veraneaba en el mismo camping.
Cuando tenía 15 años el grupo se fracturó. La diferencia de edad entre unos y otros hizo fuerza y unos pocos comenzamos a ir con otro grupo de gente más de nuestra edad. Curiosamente era el grupo de amigos de mi hermana, un año menor que yo; y también curiosamente tenían juegos de rol, aunque jugaban poco. Pero claro, ahí llegamos nosotros. Entre partidos de baseball y tonteos con las chicas, metimos partidas de Aquelarre (gloriosa la noche que pasamos en la posada de Albar el Honesto. Jugamos en mi casa, con velas, y estábamos todos los roleros del grupo y un par de chicas), Dragonlance (donde sólo quedamos vivos el centauro y mi paladín, David Farold), Battletech (donde llevé, y compré la miniatura, de un Rifleman), La Llamada de Cthulhu y, ¡por fín!, Pendragon (narré yo). Todas estas partidas eran para rellenar hueco ocioso con los muggles de los que nos acompañamos. Por esa época el grupo estaba dividido entre los que montaban en bici en plan pillo-la-bici-y-me-piro-tres-horas-de-ruta, y los que jugábamos a rol. Algunos estaban entre ambos grupos, aunque luego se decantaron por uno solo. Nosotros conseguimos un grupo muy majo de gente con la que jugamos La Gran Campaña de Rolemaster. Tedax (el guerrero de Juanan, humano), Alshana (la maga noldor de Juan), Galdor (medio elfo guerrero de Kirtxo), y Teclis
MERP nivel experto
(este que escribe, un brujo noldor) jugamos durante cuatro años una de las experiencias roleras que con más cariño recuerdo. La comenzamos junto al grupo anterior y la continuamos con esta nueva gente. De hecho, la campaña como tal no fue campaña hasta que se unieron Juanan y Kirtxo. También fue la época de jugar a las cartas, afición complementaria, que no sustituta, a nuestras partidas de rol. Primero fue DoomTrooper, con mi mazo de corporaciones, pero luego llegó SATM, el juego de cartas de la Tierra Media. Llegué a quedar cuarto en el primer campeonato de Madrid. Los tres primeros iban a Barcelona al campeonato nacional. Me queda la satisfacción que el chico que me ganó, y por ello quedé cuarto y no entre los tres primeros, fue el que ganó el campeonato en Barcelona. Gracias a las cartas tuve más contacto con el rol. Primero por una tienda que abrieron en mi barrio donde conocí a gente del club de rol Unauspreslichen Kulten, el cual frecuentaba bastante y me echaba mis buenas partidas. Mis estudios se resintieron, cierto, pues faltaba a clase para ir al club (estudiaba por las tardes), pero que me quiten lo bailao. Volví a competir con las cartas de SATM, pero quedé bastante mal (el 17º). Afortunadamente ese fue el número que salió en el sorteo y me llevé a casa un MERP que aún conservo, pero que no me ha dado buenos momentos.
Fue en esta época cuando compré Paranoia y la Guía del Sector D.O.A. Poco puedo decir del juego, pues tras leerlo comprendí que no era lo que estaba buscando y me deshice pronto de él. Sólo dirigí un par de partidas y nunca jugué, y no lo haré nunca. Lo juegos de humor no me gustan nada.
No puedo cerrar este periodo sin hablar del crimen del rol. Es inevitable, aunque no me guste. Por suerte puedo decir que a mí en particular, y a mi grupo en general, no nos afectó para nada. Nuestros padres estaban tan acostumbrados a vernos jugar a rol que no hubo ni siquiera un ápice de sospecha en que eso fuese peligroso o que sus hijos se estuvieran convirtiendo en asesinos en potencia. Como ya he dicho, el ambiente del camping era bastante cerrado y lo que pasaba fuera de nuestro rol no era asunto nuestro.

Y de pronto, llegó la nada.  

2 comentarios:

  1. Veo que muchos tenemos principios comunes... XD

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    1. Hola Nacho.

      Me alegra ver que hay gente que ve semejanzas en mis comienzos con los suyos. Tampoco es que sea muy raro, la verdad, que es esa época la mayoría empezamos con D&D, MERP o RuneQuest, pero es que es lo que había. XD

      Gracias por pasarte y comentar.

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